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Dossier La Medicina en Cuba: Pasado, Presente y Futuro: Una mirada histórica al orgullo médico de una nación

Presentación del Dossier

La medicina en Cuba ha sido, desde tiempos coloniales, mucho más que una práctica clínica: ha sido símbolo de civilización, orgullo nacional y herramienta de justicia social. Antes de convertirse en tema geopolítico o bandera ideológica, la medicina cubana era ya reconocida por su nivel académico, su ética profesional y su impacto humanitario, dentro y fuera de la Isla. Este dossier busca rescatar esa herencia, destacar sus protagonistas, recordar sus logros y preguntarnos qué parte de ese legado sigue viva hoy.

Aquí encontrará una mirada organizada —pero viva— a las raíces de la medicina cubana, los hospitales que marcaron época, los médicos que se convirtieron en referentes, y los datos que nos recuerdan que Cuba, mucho antes de convertirse en referencia política, ya lo era en ciencia médica. Esta edición se apoya en documentos históricos, testimonios, artículos de Revista Herencia y la memoria viva de una generación que vio y vivió la medicina en su época de oro.

Este trabajo no pretende abarcarlo todo. Pretende sí, aportar. Con respeto, con gratitud y con el compromiso de seguir contando lo que no debe olvidarse.

I. RAÍCES DE LA MEDICINA CUBANA

La historia médica de Cuba comienza en el siglo XVIII, cuando se fundan las primeras cátedras médicas en la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana. Desde entonces, la formación médica se convirtió en uno de los pilares del desarrollo intelectual de la colonia. Ya en 1728 existía la enseñanza formal de anatomía, y para mediados del siglo XIX, la medicina cubana comenzaba a destacarse por su enfoque científico y su integración con la realidad social del país.
Durante el período republicano (1902–1958), Cuba consolidó una infraestructura médica robusta, con hospitales modernos, institutos de investigación, y una creciente clase médica que combinaba excelencia académica con vocación de servicio. El médico cubano era, en muchos pueblos, la figura más respetada después del sacerdote. La ética del ejercicio profesional tenía un fuerte componente humanista, reforzado por asociaciones gremiales y publicaciones médicas especializadas.
En este contexto nacieron y se desarrollaron figuras médicas que cruzaron fronteras, investigaciones que influenciaron a otros países, y campañas de salud pública que anticiparon modelos que luego serían imitados. Lejos del mito o la nostalgia sin datos, la medicina cubana de esa época se sostiene por sus cifras, sus nombres y su huella concreta en la historia sanitaria de América Latina.

II. CARLOS J. FINLAY Y LA CIENCIA AL SERVICIO DE LA HUMANIDAD

Carlos J. Finlay nació en Camagüey, en 1833, en una época en la que Cuba aún era una colonia española. Estudió medicina en los Estados Unidos, en el Jefferson Medical College de Filadelfia, y desde temprano mostró una mente inquisitiva, con una vocación clara por la investigación. Al regresar a Cuba, se estableció en La Habana, donde desarrolló una carrera médica ejemplar, combinando la práctica clínica con la observación científica rigurosa. Era políglota, meticuloso, de carácter sereno, y siempre fue más amigo de la ciencia que de la fama.

Finlay es conocido por haber propuesto, en 1881, que la fiebre amarilla era transmitida por un mosquito específico: el Aedes aegypti. En una época en la que aún predominaban las teorías miasmáticas —aquellas que creían que las enfermedades se debían al “aire corrompido”—, su idea fue considerada disparatada. No obstante, Finlay insistió, experimentó, publicó, escribió cartas y presentó pruebas. Fue ignorado durante dos décadas por la comunidad médica internacional, pero no dejó de investigar ni un solo año.

Su teoría fue finalmente validada por la comisión médica liderada por el doctor Walter Reed durante la ocupación estadounidense de Cuba tras la guerra de 1898. Al aplicar el modelo de Finlay, lograron controlar la fiebre amarilla en La Habana y luego en el canal de Panamá. Reed reconoció públicamente que la clave del éxito fue el trabajo previo del médico cubano. Aunque los homenajes no llegaron en vida con la magnitud que merecía, el tiempo puso su nombre en su justo lugar: el de los grandes científicos de todos los tiempos.

El legado de Finlay no se limita a un descubrimiento. Su método riguroso, su humildad, y su dedicación silenciosa a la verdad científica lo convierten en un modelo de ética médica y de perseverancia intelectual. Fue director de Sanidad de Cuba y miembro de diversas academias científicas. Su influencia trascendió el ámbito cubano y sentó las bases de la medicina tropical en América Latina. Incluso hoy, sus textos siguen estudiándose como ejemplos de pensamiento clínico bien argumentado.

Carlos J. Finlay falleció en La Habana en 1915, pero su figura no ha dejado de crecer desde entonces. En 1981, la Organización Panamericana de la Salud estableció el Día de la Medicina Latinoamericana en su honor. Su rostro ha aparecido en sellos, monedas y estatuas, pero más importante aún: su nombre habita el respeto profundo de quienes entienden que la ciencia no sólo se hace con laboratorios, sino también con convicción, paciencia y una inmensa fe en el poder de la razón.

III. ESCUELAS, HOSPITALES E INSTITUCIONES MÉDICAS ANTES DE 1959

La Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana

Fundada en 1728 como parte de la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo, la Facultad de Medicina de La Habana es una de las más antiguas del continente. Durante el siglo XIX y buena parte del XX, se consolidó como un centro de excelencia académica en América Latina. Su currículo combinaba formación teórica rigurosa, prácticas clínicas en hospitales adjuntos y una fuerte ética profesional basada en el servicio al enfermo.

La Facultad fue el semillero de figuras ilustres como Carlos J. Finlay, Eusebio Hernández y Juan Guiteras, y atrajo estudiantes de otras provincias e incluso de países vecinos. Muchos egresados cubanos ejercieron fuera de la Isla y dejaron huella en sistemas de salud en toda América Latina. La vida universitaria médica de aquella época era exigente, respetada, y profundamente conectada con la vida social y cultural del país.

Los salones, laboratorios y bibliotecas de la Facultad fueron testigos de debates científicos, avances terapéuticos y una formación médica que equilibraba ciencia y humanidad. Antes de 1959, su prestigio se sostenía no solo por la calidad de sus egresados, sino también por su autonomía académica y su compromiso con los estándares internacionales. Ser médico graduado de La Habana era símbolo de respeto en cualquier parte.

Hospitales emblemáticos: Reina Mercedes, Calixto García y Nuestra Señora de las Mercedes

El Hospital Reina Mercedes, fundado en el siglo XIX, fue durante décadas un centro clave de atención médica general y enseñanza clínica. Sus salas atendían a una población amplia, y muchos médicos jóvenes hacían allí su internado y prácticas profesionales. El hospital combinaba atención caritativa con un enfoque científico moderno, en una época en que la medicina hospitalaria comenzaba a profesionalizarse en América Latina.

El Hospital Calixto García, inaugurado en 1896, es quizás el más recordado por su historia, su tamaño y su rol formativo. Funcionó como hospital universitario y fue considerado uno de los más avanzados de la región en su época. Contaba con quirófanos, laboratorios, salas especializadas y servicios que hoy serían considerados de nivel terciario. Allí se entrenaron generaciones de médicos bajo una disciplina estricta y un compromiso social notable.

Otro centro importante fue el Hospital Nuestra Señora de las Mercedes, especializado en maternidad y ginecología. Fue pionero en cuidados obstétricos, atención a parturientas sin recursos y enseñanza de la salud materno-infantil. Estos hospitales, junto con otros regionales y municipales, conformaban una red de salud pública y privada que, si bien no era perfecta, alcanzó un nivel técnico y humano notable para su época.

Instituciones científicas y de salud pública

Antes de 1959, Cuba ya contaba con varias instituciones dedicadas a la investigación médica y la sanidad pública. El Laboratorio de Bacteriología de La Habana —donde trabajó Finlay— fue uno de los primeros del hemisferio en su tipo, centrado en enfermedades tropicales. También existían institutos de higiene, campañas de vacunación masiva y planes de saneamiento urbano impulsados por médicos de visión progresista.

La Dirección Nacional de Sanidad —más adelante Secretaría de Salubridad— coordinaba políticas de salud en todo el país. Promovía campañas contra la tuberculosis, el paludismo y enfermedades parasitarias, y articulaba el trabajo entre hospitales públicos, clínicas privadas y centros de formación. Estas estructuras funcionaban con apoyo de asociaciones médicas, beneficencia civil y fondos estatales.

Aunque la salud pública no estaba al alcance pleno de todos los sectores —como tampoco lo estaba en otros países de la región—, el modelo cubano de mediados del siglo XX mostraba un desarrollo avanzado en infraestructura, cobertura y profesionalismo. Su estructura no era improvisada ni dependía de modelos foráneos: era el fruto de más de un siglo de evolución médica nacional.

IV. FIGURAS MÉDICAS NOTABLES DE LA REPÚBLICA

Dr. Ricardo Núñez Portuondo (1904–1996)

Nacido en Camagüey, Ricardo Núñez Portuondo fue médico, académico, diplomático y figura pública destacada de la República. Se graduó en medicina en la Universidad de La Habana, y luego amplió estudios en Europa y los Estados Unidos. Su carrera combinó el ejercicio clínico con una activa participación en la educación médica y la política sanitaria nacional. Fue autor de varios libros y conferencias sobre salud pública y medicina social.

Durante su vida profesional ocupó cargos importantes, incluyendo el de ministro de Salubridad y Asistencia Social. En ese puesto impulsó campañas de vacunación, mejoró los programas de salud rural y fortaleció la infraestructura sanitaria nacional. También representó a Cuba ante organismos internacionales de salud y fue delegado a la Asamblea General de las Naciones Unidas, defendiendo temas médicos y sociales con elocuencia y rigor.

Más allá de sus logros técnicos, Núñez Portuondo fue símbolo de una generación de médicos comprometidos con la salud como derecho y con la medicina como herramienta de desarrollo nacional. Su vida refleja cómo, en la Cuba republicana, la figura del médico podía ocupar un lugar destacado no solo en hospitales y universidades, sino también en la diplomacia y el diseño de políticas públicas con alcance internacional.

Dr. Domingo Tamargo (1883–1951)

Domingo Tamargo fue un destacado médico cubano, especializado en radiología, y uno de los pioneros del uso del diagnóstico por imagen en la medicina cubana. Nacido en La Habana, estudió en la Universidad de La Habana y se formó en nuevas técnicas en Europa. Su dedicación a la radiología lo llevó a convertirse en una figura central en el desarrollo de esta especialidad en la Isla durante la primera mitad del siglo XX.

Fue fundador de uno de los primeros departamentos de radiología médica en Cuba, y participó activamente en la formación de médicos jóvenes en esta rama entonces incipiente. Contribuyó al diseño de protocolos de seguridad y al establecimiento de estándares en el uso clínico de los rayos X. Además, publicó artículos especializados y mantuvo correspondencia con colegas en Europa y América del Norte, lo que permitió que Cuba se mantuviera al día en avances técnicos.

El doctor Tamargo representa ese espíritu médico moderno que, sin abandonar el humanismo, supo abrazar la tecnología como aliada. Su trabajo fue clave para introducir una visión más precisa y científica en el diagnóstico médico, y dejó una marca duradera en la historia de la medicina cubana, tanto en el aula como en los consultorios.

Dr. Gregorio Delgado García (1929–2020)

Gregorio Delgado fue médico, historiador de la medicina y un profundo estudioso del pensamiento médico cubano. Aunque vivió parte de su vida durante el periodo posterior a 1959, sus investigaciones, publicaciones y conferencias se enfocaron en rescatar y preservar el legado médico de Cuba desde el siglo XIX hasta mediados del XX. Fue autor de numerosos libros sobre historia de la medicina, muchos de los cuales se apoyaban en documentos poco conocidos, archivos familiares y fuentes primarias.

Además de su labor como clínico, Delgado desarrolló una carrera intelectual centrada en revalorizar el pensamiento médico cubano como parte integral de la cultura nacional. Su pasión por figuras como Finlay, Eusebio Hernández y Albarrán lo llevó a reconstruir contextos históricos y científicos que permiten hoy entender mejor el papel de Cuba en el desarrollo de la medicina latinoamericana. Su estilo era claro, didáctico y profundamente respetuoso con las fuentes.

Fue también un impulsor del estudio de la ética médica y del vínculo entre medicina y sociedad. Su legado no está tanto en una intervención quirúrgica o un descubrimiento clínico, sino en una contribución más silenciosa pero fundamental: la de conservar la memoria médica de una nación. Gracias a figuras como él, hoy podemos entender la medicina cubana como una tradición cultural y no sólo como un servicio técnico.

V. LA SALUD PÚBLICA CUBANA EN CIFRAS (1900–1958)

Durante la primera mitad del siglo XX, Cuba logró avances notables en salud pública, gracias a la combinación de políticas sanitarias estables, formación médica rigurosa y una red hospitalaria creciente. Las tasas de mortalidad infantil comenzaron a descender significativamente en las décadas de 1940 y 1950, alcanzando niveles comparables a los de países europeos. En 1958, la mortalidad infantil en Cuba se situaba alrededor de 37 por cada 1,000 nacidos vivos, mientras que en países como Brasil era de 110, en México 85 y en España alrededor de 45.
Otro indicador destacado era la proporción de médicos por habitante. En 1957, Cuba tenía aproximadamente 1 médico por cada 1,000 personas, una de las cifras más altas de América Latina en ese momento. Para comparar: en ese mismo año, Argentina tenía 1 por cada 1,400; México, 1 por cada 2,300; y Colombia, 1 por cada 3,200. Este dato refleja no sólo el volumen de profesionales formados, sino también el prestigio y la estabilidad de las escuelas médicas nacionales. Muchos médicos cubanos emigraban para ejercer en otros países, lo que confirmaba el reconocimiento internacional de su preparación.
En cuanto a cobertura sanitaria, Cuba ya contaba con programas de vacunación contra enfermedades comunes como difteria, viruela y tétanos, además de campañas periódicas contra el paludismo, los parásitos intestinales y la tuberculosis. El país disponía de hospitales públicos, clínicas mutualistas, consultorios privados y centros de beneficencia. Aunque la distribución territorial y el acceso variaban según la zona, el modelo cubano mostraba una articulación entre lo estatal, lo cívico y lo privado que lo colocaba entre los más desarrollados de la región.

VI. MEDICINA EN LA VIDA COTIDIANA DEL CUBANO

La medicina cubana de la primera mitad del siglo XX no era sólo una institución académica o una política pública: era una presencia constante en la vida diaria. En las ciudades, especialmente en La Habana, Santa Clara, Camagüey y Santiago, los médicos de familia atendían en sus casas o consultorios, muchas veces sin cobrar si el paciente no podía pagar. El trato era personal, cercano, respetuoso. El médico era un personaje de confianza, que conocía a toda la familia y a veces también sus penas, no sólo sus síntomas.
En los pueblos y zonas rurales, la medicina tenía otro ritmo, pero no menos dignidad. Las comadronas asistían partos con experiencia empírica y sabiduría heredada. Los boticarios preparaban fórmulas magistrales y los curanderos —respetados por muchos, aunque ajenos al sistema formal— coexistían con la medicina oficial. Las farmacias eran lugares de encuentro, donde el farmacéutico aconsejaba y hasta fiaba el tratamiento, porque la salud estaba por encima de la cuenta.
Ir al hospital no era siempre la primera opción, pero cuando hacía falta, la gente confiaba en instituciones como el Reina Mercedes o el Calixto García. Para muchos cubanos, el primer contacto con la medicina moderna fue una campaña de vacunación escolar, una visita al consultorio de beneficencia o un análisis en un laboratorio público. La medicina era parte de la identidad cívica: no era perfecta, pero era visible, disponible, y en buena medida, humana.

VII. CURIOSIDADES MÉDICAS CUBANAS (ANTES DE 1959)

Cuba fue el primer país de América Latina en tener una cátedra universitaria de anatomía.
Fundada en 1728 en la Universidad de La Habana, esta cátedra posicionó a la Isla como pionera en formación médica estructurada mucho antes de la independencia.

En 1958, Cuba tenía más médicos por habitante que Francia o el Reino Unido.
Con aproximadamente 1 médico por cada 1,000 personas, superaba a muchos países europeos y estaba a la par de Estados Unidos en proporción.

El Hospital Calixto García tenía quirófanos, laboratorios y especialidades equiparables a hospitales de Nueva York o Madrid.
Era considerado hospital-escuela modelo en toda América Latina, y muchos extranjeros venían a formarse allí.

La salud pública cubana ya realizaba campañas masivas de vacunación escolar en los años 40.
Antes de que existiera un sistema centralizado, se llevaban médicos a escuelas rurales para vacunar niños contra la viruela, el tétanos y la difteria.

La primera transfusión de sangre documentada en América Latina se hizo en Cuba en el siglo XIX.
Fue realizada por médicos formados en La Habana, con técnica y equipo rudimentario, pero con éxito clínico.

Varios hospitales tenían secciones dedicadas exclusivamente a enfermos pobres, mantenidas por donaciones privadas.
La medicina de beneficencia era una parte importante del sistema, en paralelo a clínicas privadas y mutualistas.

El término “homicultura” fue acuñado en Cuba por el Dr. Eusebio Hernández.
Fue una de las primeras aproximaciones a la medicina preventiva integral: salud física, mental y social desde la gestación.

El Instituto de Medicina Tropical de La Habana fue uno de los primeros en su tipo en el continente.
Fundado a principios del siglo XX, investigaba enfermedades como el paludismo, el dengue y la filariasis en climas tropicales.

Las farmacias cubanas de los años 30 y 40 fabricaban sus propios medicamentos.
Se preparaban fórmulas magistrales a pedido del médico: jarabes, ungüentos, emulsiones — todo hecho en el momento.

El médico cubano era una figura pública y moral.
Era común que médicos dirigieran escuelas, escribieran en periódicos, y formaran parte de la vida cívica del país. Eran respetados no sólo por curar, sino por pensar.

VIII. LA DIÁSPORA MÉDICA CUBANA

La historia de la medicina cubana no se limita a lo que ocurrió dentro de la Isla. Desde mediados del siglo XX, especialmente a partir de los años 40 y 50, muchos médicos cubanos comenzaron a emigrar —algunos en busca de perfeccionamiento profesional, otros por razones personales, y muchos, después de 1959, por profundas convicciones éticas y políticas. Esta diáspora médica llevó consigo una formación sólida, un compromiso con el paciente y una identidad profesional arraigada en la tradición republicana.
Médicos cubanos se integraron rápidamente a sistemas de salud en Estados Unidos, Venezuela, Puerto Rico, España, México y otros países. En hospitales, universidades y clínicas privadas, dejaron huella por su preparación clínica, su disciplina y su calidez humana. No eran sólo médicos de bata blanca: eran líderes comunitarios, docentes, investigadores y, en muchos casos, los primeros en atender a comunidades hispanas desatendidas.
En ciudades como Miami, Nueva York o Caracas, no era raro encontrar clínicas fundadas por médicos cubanos, asociaciones médicas del exilio y hasta revistas especializadas dirigidas por ellos. Algunos revalidaron sus títulos en nuevas lenguas, en sistemas hostiles, ya con familia que alimentar. Otros comenzaron de cero, pero con el orgullo intacto. La medicina no fue sólo su carrera: fue el puente que les permitió reconstruir sus vidas sin renunciar a su vocación. Ese legado vive hoy en hijos y nietos que heredaron el respeto por la ciencia y el deber.

X. HERENCIA MÉDICA HOY: ENTRE LA MEMORIA Y EL FUTURO

El legado de la medicina cubana anterior a 1959 no vive sólo en archivos o monumentos. Vive en la memoria de quienes la ejercieron con dignidad, en las historias que todavía se cuentan en las salas familiares, en los nietos que escuchan con asombro que sus abuelos operaban con bisturís esterilizados al carbón, o que hacían rondas con libreta en mano y sin más recursos que la intuición clínica y el oído atento. La medicina era, en aquel entonces, un oficio con alma.

Hoy, en el exilio, ese legado se sostiene a través de iniciativas comunitarias, asociaciones médicas cubanas, publicaciones como Revista Herencia y proyectos que rescatan la historia desde la experiencia vivida. Muchos hijos y nietos de médicos de aquella época han seguido el camino de la salud, honrando ese ejemplo. Otros, aunque tomaron rutas distintas, llevan aún consigo una ética aprendida en casa: hacer el bien, escuchar al otro, servir sin esperar recompensa inmediata.

Preservar esta herencia no es sólo cuestión de recuerdo, sino de responsabilidad. Implica contar la historia completa, con sus nombres, fechas, instituciones y valores. Implica también mirar al futuro: promover el estudio de la historia médica, conectar generaciones, rescatar archivos personales antes de que se pierdan, y defender la idea de que hubo —y hay— una medicina cubana que supo ser brillante, humana y universal. La memoria no es pasado: es semilla.

Revista Herencia. Número dedicado a la Medicina en Cuba