El primero de enero de 1959 parecía ser el principio de ese futuro mejor. Pero pronto se trueca en pesadilla y los jóvenes cristianos, dándose cuenta que están frente a una traición, a un enemigo de la Iglesia y de la Patria, se lanzan a la lucha. Pero la lucha es desigual, el enemigo controla todo y es –además- cruel y despiadado. Las sentencias de muerte por fusilamiento son la norma. Y muchos de estos jóvenes, tal vez recordando la estrofa final del himno de la Acción Católica Cubana: ¡Viva Cuba creyente y dichosa, viva Cristo monarca ideal! la repiten en los paredones de fusilamiento; ya no como un himno de esperanza sino como testimonio de su martirio al proclamar a viva voz muchos de ellos: ¡Viva Cuba Libre! ¡Viva Cristo Rey! No todos murieron en el paredón, muchos murieron peleando, otros… asesinados. Estamos seguros que en este libro hay muchas omisiones involuntarias.